Cuba: entre el aparato represivo y la esperanza noviolenta.
Por Librado Linares Garcia
Excluir al otro político es una monstruosidad que degrada la nación; la no violencia abre el camino hacia la democracia.
Durante décadas, los llamados actos de repudio han sido la cara más grotesca de la intolerancia política en Cuba: insultos, golpizas, lanzamiento de piedras o excremento contra opositores. No son hechos aislados, sino el resultado de un entramado legal y político que protege y estimula la violencia.
Las raíces del comportamiento.
El artículo 4 de la Constitución legitima la defensa de la revolución “por todos los medios”. En la práctica, otorga carta blanca a la violencia. A ello se suma un pacto de casta que posee temor a un futuro reformado, un clientelismo que premia la lealtad con privilegios, y un Estado totalitario que subordina justicia y parlamento al poder.
La narrativa oficial, basada en el culto al líder, sustituye la reflexión crítica. Y el Estado policíaco, con múltiples cuerpos represivos y parapoliciales —como los CDR— encabezados por la policía política (DSE), reproduce la lógica colonial de obediencia y vigilancia. El resultado es una inmoralidad subyacente que normaliza la insensibilidad hacia las víctimas.
La monstruosidad de excluir al otro.
Excluir al adversario político de la vida pública, negarle voz y derechos, es una monstruosidad que no puede justificarse desde ningún presupuesto mínimamente ético. Esa práctica degrada la convivencia y destruye la nación. Cuba no puede seguir siendo concebida como propiedad de un partido o de una ideología: debe reconocerse como el hogar común de todos los cubanos.
El espejo checoslovaco.
La experiencia de Checoslovaquia en 1989 ofrece un paralelismo poderoso. Václav Havel, disidente no violento, fue elegido presidente por un parlamento dominado por comunistas. Su autoridad moral y condición de figura de consenso, entre otros, obligaron al régimen a ceder. La Revolución de Terciopelo comenzó con protestas aisladas de estudiantes y pequeños grupos, que luego se expandieron hasta convertirse en un movimiento nacional.
En Cuba, algo similar empieza a gestarse: protestas espontáneas en distintas provincias, detonadas por apagones, escasez y deterioro de servicios básicos. Lo que hace poco era impensable, hoy es una prueba inequívoca de que la nación se mueve hacia adelante, desnaturalizando las cerrazón totalitaria del castrismo.
Cuba hoy.
Desde el 11 de julio de 2021, se ha venido consolidando una mentalidad levantisca. Los cubanos, incluso dentro del aparato castrista, deben ser exhortados a asumir los valores de la no violencia como mecanismo de liberación, como vía para romper las ataduras y abrir un camino hacia la democracia.
La figura del ciudadano emerge como protagonista. Ya no es un súbdito pasivo, sino un actor consciente que exige dignidad y derechos. Esa transformación es el germen del cambio.
Conclusión y llamado a la acción.
El comunismo real, como el fascismo o el nazismo, comparte mecanismos de control y represión. Pero la historia demuestra que la no violencia puede derribar muros y cadenas.
Ha llegado la hora de que los cubanos asuman los valores de la no violencia como arma de liberación. Excluir al otro político es una monstruosidad que no puede seguir justificándose. El ciudadano debe ser el protagonista de la transición: con su voz, con su dignidad y con su acción pacífica, puede abrir el camino hacia la libertad y la democracia.

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