Contestación al discurso oficial de Díaz-Canel

 Por Librado Linares Garcia.



El presidente vuelve a entonar el gastado estribillo de siempre: resistencia, unidad, sacrificio y ahora un supuesto plan de recuperación económica y energética. Pero ese plan luce agotado, incapaz de resistir un análisis semiserio, porque responde al mismo comportamiento tradicional que ha hundido al país en la repetición de sus males.  


Las bases del problema.

La empresa estatal socialista permanece oxidada, con tecnología obsoleta y administradores maniatados que solo miran hacia arriba antes de decidir. Los salarios no motivan, la corrupción marca la pauta y el sistema financiero es un laberinto de tipos de cambio y créditos confiscatorios.  


El partido único es un elefante en una vidriera: rompe todo lo que toca y no deja que nada funcione. Sus cuadros y militantes se presentan como omniscientes, pero en realidad son asignados a funciones para las cuales no están preparados. No son gestores, son instrumentos de dominación.  


La soberanía verdadera.

El discurso oficial habla de soberanía del Estado, pero la soberanía que importa es la del ciudadano: la capacidad de participar directamente o a través de representantes escogidos en elecciones competitivas. Sin pluralismo político ni sociedad civil auténtica, la soberanía popular y la del Estado es una falacia.  


La llamada “sociedad civil socialista” es un cascarón vacío, sostenido artificialmente por el presupuesto nacional y subordinado al PCC. No representa al pueblo, no tiene legitimidad ni eficacia. El ciudadano ha sido sustituido por el súbdito, y la política se ha convertido en un mecanismo de obediencia, no de libertad.  


La política exterior fallida.

El castrismo tampoco menciona la palabra libertad; la sustituye por consignas de resistencia. Y en política exterior, su legado es aún más claro:  
- La confiscación de propiedades estadounidenses.  
- La instalación de misiles con cabezas nucleares apuntando hacia el norte, a pedido de Nikita Jrushchov.  
- La alianza sistemática con autocracias y la confrontación permanente con Estados Unidos.  


Ese camino explica las sanciones que hoy padecemos. No son un accidente ni un castigo divino: son la factura de una política exterior diseñada por Fidel Castro para desafiar a Estados Unidos en todo momento y lugar. Y esa factura la paga el pueblo cubano.  


La contradicción.

El castrismo habla de prosperidad, pero genera dependencia. Habla de dignidad, pero impone sometimiento. Habla de soberanía popular, pero concentra el poder en una cúpula reducida. Habla de resistencia, pero lo que se vive es resignación.  


La salida.

No necesitamos otro plan voluntarista. Necesitamos otro sistema:  
- Un sistema donde trabajar valga la pena porque el salario se relacione con la productividad.  
- Donde los precios reflejen la realidad y no la fantasía de un burócrata.  
- Donde los ciudadanos decidan en elecciones libres y competitivas.  
- Donde la política exterior busque aliados que aporten, no autocracias que hunden.  
- Donde exista pluralismo político y una sociedad civil auténtica, capaz de representar al pueblo y no a una cúpula.

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