Venezuela en el ojo del huracán: entre pactos judiciales y un mundo sin reglas
por Librado Linares Garcia
Según un analista de inteligencia estadounidense, Nicolás Maduro habría declarado estar dispuesto a pactar con la justicia norteamericana siempre y cuando a su esposa se le imponga una sanción menor de seis meses y la suya no rebase los treinta años. Esa disposición revela que el mandatario es rehén de su propia historia. Basta recordar el informe demoledor de Michelle Bachelet, expresidenta chilena, sobre las violaciones flagrantes de derechos humanos en Venezuela. Maduro carga con un expediente negro en esa materia, y aceptar una negociación judicial significaría reconocer su culpabilidad en narcotráfico.
De concretarse un pacto de este tipo, quedarían al descubierto otros actores que participaron en el negocio ilícito. No sería descabellado pensar en la implicación de sectores castristas, dada su integración con las estructuras maduristas. Aunque todo esto aún pertenece al terreno de la especulación, estaríamos a las puertas de revelaciones que difícilmente traerán buenas noticias para los operadores de las autocracias.
La intervención estadounidense en Venezuela se inscribe en un contexto internacional marcado por la erosión del orden global basado en reglas. Ese orden ha sido socavado. La invasión rusa a Ucrania, con miles de muertos y heridos, la destrucción de infraestructura civil y la ocupación de entre el 18 y el 20 % del territorio ucraniano, ha significado un punto de inflexión. El acoso militar de China sobre Taiwán y los lanzamientos de misiles de Corea del Norte son manifestaciones grandilocuentes de ese mismo fenómeno. A ello se suma la emergencia de potencias regionales con agendas propias, muchas de ellas autocracias, democracias imperfectas o regímenes híbridos. Japón, aunque no es miembro de la OTAN, mantiene excelentes relaciones con la alianza y ha adoptado una postura de pre-beligerancia frente a la arrogancia del Kremlin. Alemania, por su parte, también se ha alineado en esa dirección.
Conviene recordar que en los anteriores órdenes mundiales, las intervenciones militares estadounidenses fueron aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, salvo la segunda guerra de Irak, realizada al calor del derrumbe de las Torres Gemelas. Ese ejemplo ilustra lo que fue y ya no es: un sistema internacional donde las reglas se respetaban. Hoy, sin un nuevo consenso, caminamos hacia el riesgo de una tercera guerra mundial.
La operación militar de Estados Unidos en Venezuela responde a varias razones. Primero, el involucramiento del régimen en el narcotráfico y la facilitación del mismo hacia el vecino del norte, donde el consumo de fentanilo costó más de 76 mil vidas en 2025. Segundo, la alianza del régimen con potencias autocráticas que buscan la hegemonía global, con Pekín como capital y Moscú como virreinato. Venezuela posee un valor geoestratégico, y la Doctrina Monroe, junto con el corolario Trump, es una reacción a ese acecho permanente. Tercero, la expropiación del entramado empresarial petrolero estadounidense, aunque el crudo venezolano no sea indispensable para la economía norteamericana. Y cuarto, la instauración de la democracia en Venezuela, junto con la promoción de la libertad, que ha sido práctica constante de Estados Unidos. El demo-liberalismo no es un sistema cualquiera: es libertad, democracia, progreso y justicia. Actuar en defensa de esos valores responde a un elemental sentido de justicia.
Aclaro que soy partidario de la noviolencia activa y de una filosofía ética que contempla la resurrección de la sociedad civil como la mejor manera de producir cambios. Analizo la problemática venezolana desde las gradas. Insto a todos los actores de la nación a tomar conciencia de la pantanera en que estamos. Se impone dar un vuelco en dirección a la luz. Es lo más elemental que se puede hacer.


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