El consumidor cubano: la víctima invisible del totalitarismo.
Librado Linares Garcia
"En Cuba no sólo se mutila al ciudadano político, también se desprecia al consumidor. Aquí expongo cómo el robo cotidiano, la ausencia de garantías y la subordinación política han convertido al comprador en una víctima invisible del totalitarismo."
En Cuba solemos hablar del ciudadano político y cívico como el gran mutilado por el sistema totalitario. Sin embargo, hay otra figura igualmente decapitada: el consumidor. El cubano no sólo ha perdido derechos políticos, también ha sido despojado de su dignidad como comprador, como sujeto económico.
El robo cotidiano
Comprar en Cuba es casi siempre un acto de resignación. El peso de los productos rara vez coincide con lo que debería ser. En el pollo ofertado para fin de año, recibí menos de la mitad de lo previsto; en el arroz normado, más de una libra desapareció de las ocho que correspondían para dos personas. No se trata de fallas técnicas: comprobé que la pesa electrónica funcionaba perfectamente. La conclusión es dolorosa: el robo es sistemático.
Calidad y seguridad inexistentes
La higiene, la presentación y la descripción de los productos son deplorables. La leche destinada a los niños es un caso que raya en lo macabro. Aunque existe una ley de inocuidad alimentaria, en la práctica es letra muerta. El consumidor está expuesto a riesgos que en cualquier otro país serían escándalo nacional.
El espejismo del sector privado
El sector privado, en algunos casos, ofrece productos importados que cumplen con estándares mínimos. Sin embargo, la ausencia de garantías convierte cada compra en una apuesta. Una llave de agua defectuosa o una bomba imperfecta no tienen devolución posible. Y todo esto ocurre en un contexto de inflación que desangra los bolsillos.
Violencia estructural
Tanto trabajadores como consumidores están atrapados en una violencia estructural. Los empleados del comercio estatal sobreviven con salarios paupérrimos en instalaciones ruinosas, mientras los consumidores enfrentan monopolios de asignación central: una sola tienda, una sola farmacia, una sola panadería. No hay opciones, no hay competencia, no hay posibilidad de expulsar del mercado a los peores. Es una camisa de fuerza que perpetúa la pobreza y la indefensión.
La ausencia de instituciones
No existen organismos creíbles de protección al consumidor. Las estructuras que deberían defenderlo son inoperantes. El consumidor cubano está más violentado que el ciudadano político, lo cual es mucho decir. El trabajador y el comprador son despreciados de manera estructural como en ningún otro país.
La subordinación política
Los debates televisados del PCC muestran a dirigentes como Díaz-Canel y Marrero Cruz culpando a la militancia de un desastre que en realidad proviene de la subordinación de productores, trabajadores y consumidores a una dirigencia incapaz. En los países democráticos y liberales, la libertad económica impide que un político se arrogue el derecho de impartir órdenes en el mercado. En Cuba, esa subordinación ha sido una de las causas de la crisis sistémica y terminal.
Conclusión
El lenguaje no verbal de los militantes, unido a sus pobres y desacertados planteamientos, refleja la distancia abismal entre su misión y su capacidad. Ellos no están preparados para esa función. El consumidor cubano, atrapado entre la inflación, el robo cotidiano y la ausencia de instituciones, es hoy una víctima invisible del totalitarismo. Y mientras no se reconozca su dignidad, no habrá salida posible para la crisis nacional.

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